La Cartuja de Parma[1]: Recreación social y política

 

 

 La Cartuja de Parma es una de las obras más conocidas de Stendhal, que lo sitúa entre los grandes maestros de la novela analítica. Además, esta obra, que el autor francés escribió entre noviembre y diciembre de 1838, aparece como un texto literario muy útil para acercarnos a algunos de los rasgos de la sociedad italiana inmediatamente posterior a la caída de Napoleón.

 

Henri-Marie Beyle, más conocido por el seudónimo de Stendhal, nació en Grenoble en 1783 y falleció en París en 1842. Entusiasta republicano durante su juventud, fue intendente en el ejército de Napoleón, exiliándose en Milán a la caída del corso. Acusado de apoyar el movimiento independentista italiano, debió abandonar la capital lombarda en 1821, refugiándose primero en Londres y luego en París. Tras la revolución de 1830, el gobierno francés lo nombró cónsul en Trieste y luego en Civitavecchia, y desde esa fecha alternó sus estancias entre Francia e Italia. Profundo admirador del país transalpino, Stendhal escribió diversos ensayos sobre la cultura italiana, y precisamente La Chartreuse de Parme recrea la vida cortesana del pequeño ducado a comienzos del siglo XIX.

 

                Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos destacar dos trazos que delinean el perfil social y político que enmarca la trama novelesca protagonizada por el joven aristócrata Fabricio del Dongo. Por un lado, encontramos lo que podríamos llamar la impronta “napoleónica” en la sociedad. Stendhal fue uno de los primeros “poetas del napoleonismo”[2] y escribió una Vida de Napoleón (1836-1839), en cuyo prefacio califica a Bonaparte como civilizador del pueblo y figura clave en la fundación de la “Francia actual”[3]. En la novela se describe la relación del emperador con la vieja aristocracia y la creación de una nueva en torno a sus mariscales: “¡Piensa en lo que sería para nosotros si Napoleón llega a vencer en Waterloo! No tendríamos liberales que temer, es verdad, pero los soberanos de las viejas familias no podrían reinar más que casándose con las hijas de sus mariscales”[4]. Pese a su carácter autoritario, Bonaparte es considerado como modelo de gobernante, y así aparece en la parte final de la obra cuando la duquesa Pietranera recuerda al príncipe de Parma algunas frases de Napoleón[5]. Del mismo modo, la ocupación de Parma, anexionada a Francia entre 1802 y 1814, es para Stendhal un período de progreso y felicidad. Un juicio que los historiadores no comparten pues, en realidad, Napoleón impuso un duro régimen de ocupación militar, que gravó a la población con contribuciones forzosas, requisas y reclutamientos obligatorios[6]. Sobre esta última cuestión, la integración de tropas italianas en los ejércitos franceses, Stendhal desliza también interesantes comentarios al situar a los condes Mosca y Pietranera como oficiales destinados en España a las órdenes del mariscal Gouvion Saint-Cyr, y más adelante hace referencia a la presencia de tropas piamontesas en el asedio de Tarragona bajo el mando del mariscal Suchet[7]. Pero, sin duda, el tema más llamativo en la percepción histórica del autor francés es la batalla de Waterloo, puesto que el protagonista, Fabricio, asiste al combate, aunque sin ser muy consciente de ello. A lo largo de los capítulos segundo y tercero, Stendhal muestra el interés de Fabricio por hablar con Napoleón, hasta el punto de que el aristócrata italiano arrebata a un húsar muerto su uniforme y se dispone a unirse a su regimiento y seguir el tronar de los cañones. De la misma forma que la muerte de Napoleón en Santa Elena en 1821 supuso en Francia el inicio de la construcción de la leyenda napoleónica, la batalla de Waterloo se fue configurando en paralelo como un hito cargado de gran contenido simbólico hasta convertirse en una “derrota gloriosa”. Quizá por ello Stendhal, que conoció personalmente a Napoleón y asistió a alguno de sus éxitos militares, concede a Waterloo un espacio significativo al inicio de la novela[8]. Todo esto queda de manifiesto cuando se resalta la inquietud del protagonista: “Todavía era un niño, a pesar de sus diecisiete años; su gran preocupación entonces era saber si realmente había asistido a la batalla y, en caso afirmativo, si podía decir que había combatido, a pesar de no haber marchado al ataque de ninguna batería ni de ninguna columna enemiga”[9].

 

                Una segunda percepción histórica tangible en La Cartuja de Parma es la referida a la emergente sociedad de clases, donde la burguesía cobra cada vez mayor protagonismo. La acción de los personajes se desarrolla en la Corte absolutista del soberano de Parma, y allí no escapa a nadie la presencia de lo “burgués”. Cuando el conde Mosca corteja a la condesa Pietranera hace recuento de su fortuna y le expone su plan: “presento mi dimisión -como ministro-, y nos vamos a vivir como buenos burgueses a Milán, a Florencia, a Nápoles, donde tú quieras”. Pero antes de eso es necesario buscar a Fabricio, sobrino de la condesa, una posición social digna. El conde propone que Fabricio, puesto que no es el primogénito, opte por el sacerdocio: “No hay término medio. Por desgracia, un hidalgo no puede ser médico o abogado, y este siglo es el de los abogados”[10]. Frente al rentismo de la aristocracia, emerge un nuevo modelo social donde la búsqueda del beneficio, a través de la propiedad agraria o del comercio, y la competencia profesional condicionaron las situaciones de vida de cada individuo. 

               

En esa sociedad de transición hacia el orden burgués, Stendhal recrea muy bien los espacios de sociabilidad de la elite social y política, como los teatros y los cafés. Y la Scala de Milán, que el autor conocía bien, era el lugar privilegiado de encuentro de la alta sociedad[11]. Sus palcos no sólo miraban hacia el escenario sino que poseían diversas y concretas utilidades sociales. Así, la condesa acude allí “esperando encontrar a alguien de los que frecuentan el palco de ustedes -los magistrados- para darles conocimiento de una denuncia“. Eso sí, la duración del encuentro confería un significado u otro al mismo.  “Es costumbre de la Scala  no estar más de veinte minutos de visita en los palcos. El conde se pasó la velada entera en aquel donde tenía la fortuna de hallarse junto a la señora Pietranera”[12]. En los cafés, las relaciones sociales tenían otro tono, pues acudían artistas, intelectuales o políticos conspiradores, y siempre generaban desconfianza en los gobiernos absolutistas. Cuando un canónigo da varios consejos a Fabricio para que no se comporte como un liberal le dice que “no debía dejarse ver en el café, ni leer más periódicos que las gacetas oficiales de Turín y de Milán”, si bien el aristócrata, pese a no tener ambición política, reconoce más adelante que “no iba al café más que para leer el Constitucional[13]. Resulta interesante ver como Stendhal identifica a los liberales, a través de sus personajes, con dos rasgos, la virtud y la honradez, estrechamente relacionados entre sí. Ser ”virtuoso” era, según la concepción liberal, buscar la felicidad de la mayoría de la población. Por eso, el absolutista conde Mosca afirmaba que “lo que los liberales llaman virtud le parecía una candidez”. Y cuando un médico huido y sin dinero asalta en un camino a la duquesa Sanseverina, ésta le espeta: “¿Cómo concierta usted el robo con sus principios liberales?”[14]. Frente al absolutismo, los liberales no sólo defendían un régimen representativo formado por ciudadanos, sino una concepción moral de la política sustentada en las “virtudes burguesas”.

 

                En definitiva, no lo vamos a descubrir aquí, La Cartuja de Parma nos sumerge, a través del intenso relato romántico que protagonizan sus personajes, en el mundo cambiante que heredó Europa tras el paso del ciclón Napoleón. 

               

 

 

 

Rafael Zurita Aldeguer


 


[1] STENDHAL: La Cartuja de Parma. Círculo de Lectores, Barcelona, 1965. (Traducción de Antonio Vilanova)

[2] Natalie PETITEAU: Napoleón, de la mythologie á l’Histoire, Éditions du Seuil, Paris, 1999, pp. 72-82.

[3] STENDHAL: Vida de Napoleón, Espasa-Calpe, Madrid, 1972 (3ª edición), pp. 15-23.

[4] La Cartuja de Parma, p. 117.

[5] Idem, pp. 429-431.

[6] Idem, p. 18. Véase Vittorio CRISCUOLO: Napoleón, Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 153-183.

[7] La Cartuja de Parma, pp. 95-96 y 171.

[8] Idem, pp. 36-54. En la actualidad, el campo de batalla de Waterloo es un buen ejemplo sobre las representaciones de la memoria. Véase Marcel WATELET (ed.): Waterloo. Monuments et représentations de mémoires européenes, Éditions Association franco-européenne de Waterloo, Bruxelles, 2003. En Waterloo podemos encontrar una docena de monumentos conmemorativos, levantados en su mayoría durante el siglo XIX en recuerdo de las tropas de diversos países que allí combatieron. Y, aunque resulte paradójico, no es extraño que la tienda de recuerdos allí existente dé la sensación de que el vencedor de la batalla fue Napoleón, y no Wellington y Blücher.

[9] La Cartuja de Parma, p. 273.

[10] Idem, pp. 105-106 y 118.

[11] En el prefacio de su ensayo sobre Napoleón, afirma: “Ocho días después de la batalla de Marengo, estuve en su palco de la Scala para dar cuenta de medidas relacionadas con la ocupación de la ciudadela de Arona. STENDHAL: Vida de Napoleón, p. 23.

[12]La Cartuja de Parma, p. 90 y 102.

[13] Idem, p. 92 y 207.

[14] Idem, p. 271 y 347-348.

 

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