SUCHET, L.G. “Mèmories du maréchal ...”

- Nota preliminar.

(...) La ocupación del País de Valencia opone el ejército de Aragón a un ejército anglo-hispano-siciliano: los soldados ingleses desembarcaron en Alicante, para cooperar con los españoles en los movimientos que Wellington dirigía contra los principales ejércitos franceses. El mariscal Suchet busca oportunidades para catar estos nuevos enemigos. En Biar, los encuentra y les fuerza a retroceder: en este combate, aprecia la regularidad de sus desplazamientos, y la rapidez de sus fuegos. Al día siguiente, en Castalla, quiere cortarlos y no puede conseguirlo. La fortuna queda algo igualada entre los dos jefes...

Pero poco después, Murray desembarca ante Tarragona, y emprende su asedio. Con una rapidez prodigiosa Suchet le sigue y, secundado por el ejército de Cataluña, le fuerza a reembarcar, abandonando sus cañones y la empresa. El mariscal comentaba este suceso: después de haber ganado batallas y tomado plazas, unas por capitulación, otras de viva fuerza; después de haber, en los asedios, batido los ejércitos de socorro, se felicita él mismo de haber levantado un sitio.

Aspira entonces a combatir y vencer en el campo de batalla al cuerpo inglés que se le ha opuesto. En Ordal, obtiene el triunfo; pero retrasos en la maniobra, le detienen ante Villa-Franca, y Bentinck, con el que esperaba medirse, aprovecha las circunstancias para evitar una acción general.


- Capítulo XVI. (...) Combate de Castalla y de Ibi.

(...) (Wellington) aprovecha el momento, y para secundar sus operaciones principales contra el mariscal Marmont, acuerda con al regencia de Cádiz una diversión efectiva contra las provincias del este ocupadas por el mariscal Suchet. El general José O’Donell había alcanzado a reunir entre quince y dieciocho mil hombres en el país de Murcia. Este ejército, que dos meses antes, no había podido impedir que forrajeáramos en las puertas de Alicante, había adquirido después fuerza y consistencia para tomar posición en Aspe, desde donde amenazaba nuestra vanguardia establecida en Castalla. Los generales ingleses Rotche y Wittingham comandaban las divisiones de Mallorca y de Alicante; tropas sicilianas e inglesas habían sido anunciadas, y una flota siempre en movimiento había cruzado por distintos puntos de la costa. (...)

(...) Diversos movimientos sobre los flancos del ejército y su retaguardia habían conseguido dividir nuestras fuerzas y ocuparlas lejos, mientras un ataque frontal se dirigía contra el general Harispe, en primera línea ante Alicante.
Este general, teniendo su reserva en Alcoy, había establecido una brigada en Ibi, bajo el coronel Mesclop, con el general Delort en vanguardia en Castalla. El 21 por la mañana, José O’Donell, a la cabeza de diez mil hombres en cuatro columnas, se dirige a Castalla. El general Delort, con el 7º de línea se retira ordenadamente a una posición más atrás, acercándose a Ibi y reconociendo el avance; ordena, al mismo tiempo, al 24º de dragones acantonado en Onil y Biar, reunirse, y al coronel Mesclop, de venir a apoyarle. Este estaba siendo atacado por el general Rotche, que con cuatro mil hombres en dos columnas, desembocaba por el camino de Xixona, entre montañas. Les hace contener a la entrada del desfiladero por los “voltigeurs” del 44º y un pelotón de coraceros, apoyados por dos cañones emplazados en el pequeño fuerte de Ibi. Dejando además, algunas compañías de reserva, marcha sin tardanza al punto donde ha sido llamado. En posición con su infantería y su artillería, el general Delort tenía en jaque al general español, y esperaba al 24º de dragones que llegaba por su derecha. La marcha de esta caballería por la llanura, inquietó a los españoles por su izquierda; dirigiendo contra ella una batería de cañones. En el mismo instante, el bravo coronel del 24º Dubessy franquea, bajo el fuego del enemigo, un puente estrecho y sin pretiles, cargando bruscamente con sus dragones la batería que les ametrallaba. Los artilleros son sableados, la batería tomada, y en el mismo impulso una brigada de infantería que la apoyaba, a corta distancia, es rota y derrotada. El general Delort con sus fuerzas reunidas empuja, derrota todas las columnas del general O’Donell, persiguiéndolas hasta Castalla. Aquí se esfuerzan por reunirse y resistir en las calles; pero tras un combate sangriento, ceden de nuevo y huyen desordenadamente hacia Alicante. El jefe del batallón Herremberger, obliga a deponer las armas a los últimos fugitivos, que intentaban refugiarse en el castillo de Castalla.

La parte del 44º con la que el coronel Mesclop había apoyado al general Delort, retomó asimismo el camino de Ibi. El general Rotche era dueño del pueblo. El coronel Mesclop marcha contra él, le obliga a retroceder, le persigue hacia la montaña, y le ataca de posición en posición. La vista del general Harispe, que acude desde Alcoy con el 116º, termina por decidir la retirada del enemigo. Batidos en los dos puntos, los españoles se retiran hacia Alicante, habiendo perdido tres banderas, dos piezas de a 8 uncidas y con tres cajas y más de diez mil fusiles. Tuvieron cerca de cuatro mil muertos, heridos o prisioneros; entre estos últimos, cuatro coroneles, cinto tenientes coroneles y ciento veinticinco oficiales; sus pérdidas igualaban el número de soldados franceses que habían combatido contra ellos. La habilidad y la decisión del general Delort determinaron este importante suceso.


- Capítulo XIX (...) Combates de Yecla, de Villena y Biar, de Castalla.

(...) (Wellington) había hecho su plan de ataque, en el que entraba la combinación de presionar vivamente, de frente y de flanco el ejército del mariscal Suchet.

El general John Murray había sido enviado para reemplazar a Maitland en el mando del ejército anglo-siciliano a Alicante; y los 2º y 3º ejércitos españoles pasaron bajo las órdenes del general Elio y del duque del Parque, mientras el general Copons sucedía a Lacy en Cataluña.

El mariscal Suchet decidió no esperar a que las fuerzas que le amenazaban aumentaran o se reunieran. Intentó conocer sus posiciones o sus movimientos, para buscar una ocasión de desconcertar las combinaciones del ejército anglo-español.

Esta ocasión pareció ofrecerse durante los primeros días de abril. Una división española del cuerpo de Elio, vino a situarse en Yecla, al alcance de Fuente la Higuera, que nosotros ocupábamos en vanguardia, y bastante distante de la vanguardia enemiga establecida en Villena. El mariscal espera poder sorprender esta división. Reúne la elite de sus fuerzas la noche del 10 en Fuente la Higuera; de aquí marcha directo sobre Villena, con la división Habert, la caballería y la reserva, mientras el general Harispe se dirige de noche hacia Yecla, con una marcha rápida completamente desconocida para el enemigo. Llegado al amanecer a la vista de los españoles, este general les vió
formar, en número de cuatro mil quinientos hombres y doscientos caballos, y ganar las montañas vecinas en dirección a Jumilla, para evitar el combate. Adelanta su vanguardia, compuesta de “voltigeurs” y húsares a las órdenes del coronel Meyer. Esta les sigue vivamente, pero aquellos se retiran de posición en posición; el grueso de nuestra infantería no podía alcanzarles, y escapaban a nuestra caballería y artillería ligera. El general Harispe ordenó un movimiento a la vanguardia para cargar contra el centro de los españoles. Con esta maniobra la línea fue rota, y una parte huyó; pero el resto, cortada su línea de retirada y rechazado por la división Harispe, fue obligada a combatir contra fuerzas superiores. El coronel Meyer, a la cabeza de los húsares y de un pelotón de dragones, se precipita sobre la columna enemiga, es rechazado dos veces, y volviendo a la carga, hasta que acosados por todas partes, con cuatrocientos o quinientos muertos y heridos, los españoles rinden sus armas en número de mil doscientos, con sesenta y ocho oficiales y un coronel. Tomamos una bandera y dos mil fusiles; nuestras pérdidas fueron 18 muertos y 61 heridos.

Mientras tanto, el mariscal ocupaba Caudete, con diez batallones, diez bocas de fuego, y los coraceros, presto a atacar las fuerzas que desde Villena venían en socorro de Yecla. En efecto, los generales Murray y Elio acudían y se mostraron ante Villena con un millar de caballos, apoyados por un batallón que ocupaba la ciudad. Los coraceros se desplegaron a su vez, infantería y artillería avanzaron, y entramos en Villena, tras haber hundido las puertas a tiro de cañón. La caballería enemiga se retira, y el batallón es abandonado en el castillo. El duque de Albufera ordena el asedio; juzgando que esta guarnición no ha sido aprovisionada y que ha sido abandonada por falta de tiempo para evacuarla, la intima a la rendición al día siguiente. Esta capitula, y mil hombres de las mejoras tropas, del regimiento de Vélez-Málaga, pasan a prisioneros de guerra.

A su vez, la división Harispe toma posición sobre el camino de Sax; el general Habert, seguido de las reservas, se dirige por el camino de Castalla, hacia donde se retira el enemigo ocupando el paso de Biar. La línea inglesa, comandada por Frédéric Adams, guarnecía altos de difícil acceso, con la artillería a intervalos. El mariscal hace atacar a los 1º ligero y 14º de línea, y los 3º ligero, 114º y 121º a las órdenes de los generales Robert e Isidore Lamarque; el general Habert destaca el coronel Guillemet, con 500 “voltigeurs” sobre la izquierda del enemigo, que es envuelto por los altos, mientras se empujaba vivamente su centro. Los ingleses empezaron su retirada ordenadamente; pero cada vez que tomaban una posición eran nuevamente desbordados y atacados. El mariscal les hizo estrechar por la caballería: el teniente de húsares Brosse los cargó numerosas veces a la cabeza del pelotón de escolta; a la noche aceleraron su movimiento para entrar en Castalla, dejando en nuestro poder un centenar de prisioneros y dos cañones. Nosotros acampamos a la vista de las posiciones enemigas, a la salida del desfiladero.

El 13, por la mañana, el ejército anglo-español, manteniéndose siempre en Castalla, ocupaba delante una montaña que nos impedía ver sus campos y juzgar sus fuerzas. El mariscal envía su caballería a la izquierda, hacia Onil, para explorar bien la llanura que se extendía, y destaca por su derecha 600 “voltigeurs” que debían tomar de revés la izquierda de los enemigos sobre la montaña. El coronel Arbod del 114, que comandaba esta columna, encuentra una viva resistencia y es muerto. Cuatro batallones del 3º ligero y del 121º, conducidos por el general Robert, subieron entonces para retirar a los “voltigeurs”; pero estos batallones atrajeron de tal manera sobre ellos el esfuerzo del enemigo, que bien pronto se vieron apremiados a abandonar un terreno sobre el que habían trepado con gran dificultad, descendiendo la montaña, dejando un gran número de muertos y de heridos. El mariscal, lamentando empeñarse cuando no quería hacer un combate general, no intenta volver a formar las dos columnas y volver a la carga; las reúne, y llama a su caballería. Sus tropas, formadas escalonadamente, fueron desplegadas ante el desfiladero. El general Valée había establecido la artillería en la línea y el paso mismo, para defender el frente de la posición, que era naturalmente formidable, teniendo sus dos flancos apoyados. El general Harispe, dejado atrás, avanza para servir de reserva; y en esta actitud, el mariscal espera a pie firme el ejército inglés.

El general Murray desemboca de Castalla, se ordena en la llanura, y muestra una numerosa infantería en dos líneas: sus tiradores se adelantan: tienen aspecto de atacar. Pero la constancia de las tropas, el fuego de nuestra artillería , hábilmente dispuesta, le hacen renunciar a este proyecto. Una columna intenta desbordar nuestra izquierda, y envolver nuestra batería mas avanzada, que comandaba el jefe de escuadrón Capelle. El coronel Meyer, se coloca con medio batallón del 16º y rechaza la columna: el jefe que la comandaba fue muerto por el capitán Lacroix. Por la noche el ejército enemigo vuelve a sus posiciones. El ejército francés retoma su camino, sin ser seguido en su movimiento. Ha perdido en esto tres días alrededor de 800 hombres, entre ellos el coronel Arbod, el jefe de escuadrón Colson, los capitanes Rivière, Cory, Alberspit, y muchos otros muertos o heridos mortalmente; el jefe de batallón Herremberger fue herido gravemente. Nosotros hicimos al enemigo más de 2000 prisioneros, que fueron enviados a Francia, por Tortosa y Zaragoza.


 

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